30 aniversario: El esfuerzo de un pueblo
 
  Por JULIÁN MARTÍN MOURÍN.

 

Hace varios años que nací en Guadalajara, mi pueblo. Pese a la
precaria vida que tuve en mi niñez e incluso en gran parte de mi juventud,  siempre ha sido la ciudad que más he querido, el lugar idóneo para vivir,  soñar, amar...
  
Pertenezco a una generación en la cual la lucha diaria por la subsistencia era  el pan nuestro de cada día, y pese a tanta carencia, el esfuerzo de los  ciudadanos arriacenses por lograr el desarrollo de su ciudad ha sido digno de admiración.
  
He conocido ejemplos personales y colectivos de grandes ideas que, una vez  llevadas a cabo, han sido de gran beneficio para todos. A uno de esos logros a  los que la unión de un pueblo puede conllevar se le dio el nombre
de«Cooperativas de Viviendas del Balconcillo».
  
Iniciada la década de los sesenta, un miembro de la Delegación Provincial de  Sindicatos lanzó al aire una maravillosa idea: conseguir la construcción de las
viviendas necesarias para todos aquellos trabajadores que las solicitaran.
Dichas viviendas se construirían en régimen de cooperativas, y mirando ahora todo
aquello a través de los cristales del tiempo, me cabe el honor de haber
pertenecido a ese pequeño grupo que decidió embarcarse en tan apasionante aventura.
  
Más de cuatro años costó a los sufridos gestores lograr la concesión de las  parcelas necesarias, dentro del entonces recién terminado «polígono mixto del
Balconcillo», y así poder encarar, sin lugar a duda, el mayor desarrollo
urbanístico que Guadalajara ha tenido en el transcurso del siglo XX. Espero y  deseo la llegada de ese día en el que algún historiador sea capaz de plasmar en  un libro lo que supuso este esfuerzo de los trabajadores en el posterior
crecimiento urbanístico e industrial de nuestra ciudad.
  
Paralelamente a la construcción de las viviendas, se mantuvieron relaciones  comerciales entre las juntas rectoras de las cooperativas y la empresa danesa
«Bruuny Sorensen». Dicha empresa estaba especializada en la instalación de  centrales térmicas de calor, y se llegó a un compromiso por el cual construiría
una central de calor capaz de abastecer a las viviendas de calefacción y agua  caliente durante todo el año, y ella se convertiría en empresa explotadora de  la mencionada central.

 

Estudiados los costos de dicho servicio, el
acuerdo fue aceptado por la mayoría de las cooperativas, y durante tres años,  aproximadamente, esta empresa explotó comercialmente la central. «Bruun y  Sorensen» decidió liquidar en 1972 todas sus propiedades industriales y
comerciales en España. Como consecuencia de esta decisión, se produjo la venta  de la central de Guadalajara a sus usuarios. Se formó una especie de gestora,
salida de las juntas rectoras de todas las cooperativas, la cual, una vez
realizados los estudios económicos necesarios, decidió que la compra era  positiva. Por este motivo se crea una gran cooperativa de consumo denominada  «Calorcope».

El esfuerzo económico fue muy duro para los usuarios, ya que cada uno tuvo que  aportar unas18.000 pesetas-evidentemente,«de las de entonces». Para reunir los  20 ó  22 millones que costó la central y su red de distribución.
  
Antes de finalizar estos recuerdos, tan emotivos para mí, quisiera agradecer a  todas las personas que aportaron su cuerpo, su mente y su esfuerzo, al servicio
de un bien común de tal magnitud: laceración del barrio más hermoso de la  ciudad, y la puesta en marcha de esta incomparable y envidiada cooperativa que  nos proporciona, y nos seguirá proporcionando, los mejores servicios de  calefacción y agua caliente de Guadalajara.